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Una herida que no grita

  • eduardogmora
  • 5 ago
  • 1 Min. de lectura

4 de agosto de 2025


A veces me descubro inmóvil, contemplando en silencio el sentido o la falta de él que atraviesa todo esto. Y no puedo evitar pensar en la forma en que muchos de nosotros habitamos el mundo, con la frente en alto y una sonrisa ensayada, pero el alma doblada hacia adentro, hecha pedazos que nadie ve.


Luchamos a diario contra fantasmas que sólo nosotros conocemos. Nos aferramos a rutinas, a promesas que ya no creemos, a metas que se sienten ajenas. Buscamos la felicidad como quien escarba en la tierra con las manos desnudas, esperando encontrar algo que valga la pena salvar.


Pero casi siempre terminamos rotos, atrapados en una vida que no basta, que no llena, que no deja respirar. Y cuanto más lo pienso, más claro se vuelve. La felicidad no se encuentra en lo que poseemos, ni en los aplausos ni en el reconocimiento. Quizá, y digo quizá, reside en esa aceptación áspera de lo que somos, en esa verdad íntima que apenas nos atrevemos a mirar de frente.


Y sin embargo, esa revelación no consuela. Solo pesa. Porque si lo verdadero está dentro y aún así duele, si la claridad no salva, entonces para qué seguir. Para qué repetir cada día con la esperanza muda de que algo cambie, si todo parece seguir igual.

Estas son las preguntas que no me dejan dormir. No hay respuestas, sólo el eco constante de un cansancio que va más allá del cuerpo.


Tal es la miseria de la vida.


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