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Atado a otra ausencia

  • eduardogmora
  • 30 dic 2025
  • 1 Min. de lectura

30 de diciembre de 2025


Hoy me detuve a leerte y sentí que me hablabas en secreto,

con esa voz que se arrima despacio a mi nombre

y lo toca como si pudiera devolverle un origen.


Reconocí tus señales buscándome,

y fui hacia ti —no por valentía, sino por costumbre,

por ese gesto antiguo de responder cuando me llamas—.


Tu rostro, suave y cansado,

me miró con la quietud de quien espera algo que no llega.

Me querías.

Y yo… yo no sabía cómo corresponderte.


Algo en mí se estremeció cuando dijiste aquel diminutivo,

esa palabra que alguna vez fue refugio,

y que yo habría convertido en casa

si hubiera venido de otra boca,

de aquella boca que nunca aprendió a quedarse.


Si hubiera sido él —y no tú— quien me llamaba,

habría corrido sin pensarlo,

sin pedir señales,

sin versos,

sin plegarias.


Y entendí, con un dolor suave y hondo,

que también es herida

cuando el corazón no elige a quien lo elige,

y permanece, obstinado, atado

a quien jamás supo amarlo.



 
 
 

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