Cartografías
- eduardogmora
- 26 dic 2025
- 2 Min. de lectura
20 de julio de 2024
Te encuentro
en cada poema de amor
y de desamor,
en cada palabra que se escribe
como una herida que no termina de cerrar,
en las lágrimas que caen despacio
y en las emociones que permanecen
a punto de romperse,
sin abrazo,
sin refugio.
Te veo cuando preparo el té,
cuando endulzo el café
aunque lo prefiera amargo.
Un sorbo basta
para que regreses
como un eco que no sabe callar,
una presencia suave
y, sin embargo, insistente,
que me recuerda
lo que nunca terminó de irse.
Y pienso en lo dulce,
en lo atento,
en lo intenso que te desborda,
en la ternura que se quiebra,
en la belleza que resiste aun rota,
en la luz frágil que llevas
como quien sostiene una llama
en mitad del viento.
Dices que naciste
para escribir historias
que no encuentran consuelo,
para esculpirte en tus propias grietas,
para probar el amor
aunque duela,
aunque siempre deje un rastro.
Y repites que nunca fuiste la musa,
nunca la llamada urgente en la madrugada,
nunca el nombre que se dice
con la voz temblando.
Pero sé —lo sé—
que guardas en un rincón secreto
de tu pequeño corazón fatigado
un fragmento de cada canción,
de cada libro,
de cada gesto que alguna vez te sostuvo,
y que ese archivo invisible
te mantiene de pie
aunque nadie lo vea.
Entonces eres un museo vivo,
un vitral herido que aún arde,
un mapa estelar que se recompone
mientras oscurece el cielo.
Eres la porcelana reparada
donde el oro no oculta la fractura
sino que la vuelve verdad.
Y yo agradezco
ser apenas un instante,
un rastro mínimo
en la vasta memoria secreta
de tu corazón,
aunque a veces duela saber
que no permaneceré
y, aun así, deseo
haber brillado lo suficiente
para no desaparecer del todo.








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