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Escribiendo

  • eduardogmora
  • 30 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

24 de agosto de 2025


Miro el resplandor del ordenador en la penumbra, y mis palabras —como pájaros insomnes— se disuelven antes de nacer. Las teclas aguardan mi pulso, quietas, como si supieran que cada toque es una súplica escrita en la sombra. Tu conversación permanece abierta, suspendida en el borde de la noche, mientras una canción se desliza por la habitación y, con su latido oscuro, desata la marea de mi inspiración.


El cuarto es un santuario desordenado: los libros esparcidos como constelaciones caídas, la ropa tendida sobre el suelo, los muebles envueltos en un silencio espeso; el color melón de las paredes se vuelve crepúsculo, frontera entre la vigilia y el deseo. Desde esa quietud quebrada emergen las palabras: pienso en ti —en la fábula secreta que persigo— y deseo huir contigo hacia un lugar donde nadie nos nombre, donde el mundo no alcance a prohibirnos el incendio del abrazo.


Sueño con una conexión que crezca más allá de cualquier borde, que desborde toda medida y rompa las leyes discretas del pudor. Ninguna línea, ningún límite, ninguna geometría capaz de separarnos. Sólo el filo de nuestras miradas, encontrándose en la oscuridad cuando hacemos el amor, y en tus ojos un universo que se abre como un relámpago silencioso, un mar de vértigo y ternura.


Escribir es mi fiebre y mi refugio; es la noche que me sostiene cuando el deseo no sabe dónde quedarse. Y sin embargo, esta pasión se vuelve más honda, más viva, cuando imagino tus manos leyendo estas líneas en silencio, como si al rozar cada palabra pudieras escuchar, al fondo de la noche, la parte de mí que todavía te espera.




 
 
 

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