Quinta ola
- eduardogmora
- 5 jul
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 14 jul
6 de marzo de 2020
En mis 27 años de vida, he visto muchísimas olas alzarse frente a mis ojos para terminar rompiéndose en la arena, siempre con diferentes resultados, pero si tuviera que elegir de entre todas ellas para definirme, yo creo que serían cuatro; la que me llamó la atención e hizo que disfrutara de ellas —las olas, obviamente— lo más que se pudiera; la que me hizo caer en un instante y sembrarme la duda de mi ser; la que destruyó mis castillos de arena y me arrastró hacia el mar, la que me enseñó a que los nombres escritos en la playa con paciencia y calma se borran.
Primera ola: mi querida amia.
La ola que me hizo querer retratarla de todas las maneras posibles, inclusive, aunque yo no supiera cómo hacerlo. Las letras fueron mi único recurso por ese entonces, puesto que era lo mejor que podía hacer en esos momentos. Y aunque no era tan bueno lo que escribía, a ella le parecía bonito, pues era su debilidad. Cuando dije adiós en algún bar de Cracovia, supe que esto me acompañaría para siempre y que me serviría para muchas cosas más.
Segunda ola: la joven gi.
La ola más tormentosa, caótica y misteriosa de todas, aunque sin duda, la más especial. Por un breve instante logré sentirme imparable, pero en un segundo, todo cambió y me hundí en la más profunda de las fosas por casi mancillar y destrozar mis ideales, forjándome como parco y lacónico. Irónica fatalidad anunciada que no pude predecir. Intenté de manera fútil, construir el más grande de todos los castillos de arena para ella, pero al final solo se marchó por hacerle caso a los demás y no a su ser. Entonces quiso marcharse de manera silenciosa, pero yo ocasioné una tormenta, realmente quería estar con ella. Todo lo que hice por ella quedó en escombros, el maravilloso castillo quedo hecho ruinas. Esa vez me hundí por bastante tiempo y casi me ahogué varias ocasiones… me convertí en algo que jamás pude imaginar. Aún después de tantos años, sigo buscando un atisbo de paz para una tormenta que dejó un desastre a su paso.
Tercera ola: nea la sirena.
Una de las más grandes olas que mis ojos creían poder contemplar, aunque todo fue una ilusión. Parecía perfecta, por ende, yo di todo de mí, ahí fue que me di cuenta de que yo era un tesoro perdido aún sin encontrar; y no porque hubiese algo de “valor” en mí, sino que jamás me había detenido a observar las maravillas que podía realizar por cuenta propia y sin ayuda de nadie. El tiempo fue el responsable de demostrar que esta gran ola realmente no lo era, simplemente era cuestión de perspectiva. Una vez que estuve bastante cerca de ella, solo encontré montones de decoraciones rotas, falsas promesas y ninguna verdad. En ese momento comprendí que esperar es lo mejor.
Cuarta ola: la fugaz fara.
Fue la que me acompañó de nuevo a la orilla, y aunque parecía ser pequeñita, me logró impresionar. Cuando miré todos los estragos que ocasioné supe que había muchísima maldad en mí, y me tomé un odio infinito por ello. Pero a ella no pareció importarle eso, pues poco a poco, así como llegaba; limpiaba un pedacito de la arena, dejaba todo impecable con sus palabras bonitas y preciosas acciones, así como si nada hubiese sucedido antes. Me ayudó a sanar casi por completo pese a que no le correspondía; pero ella tenía que volver al gran mar, su dulce hogar: la libertad. Al día de hoy la extraño mucho, pero sé que esta ola está conquistando océanos inimaginable, y que cada día es más imponente, yo hubiese sido un lastre en su devenir.
Hasta hace poco, estaba ansioso de saber de la quinta ola, hoy simplemente espero pacientemente.








Comentarios