Puedes comer con náusea
Hay mañanas en las que hasta el pan parece una equivocación.
Uno mastica despacio,
bebe un poco de agua
y espera que el cuerpo cambie de opinión.
Pero hay días
en que la náusea no viene del estómago.
Viene de otra parte.
De aquello que uno lleva demasiado tiempo tragando
sin preguntarse si todavía quiere conservarlo dentro.
Duele el asco.
Duele la espalda.
Duele crecer.
Durante un tiempo todo parecía tener un color más brillante.
Había amor.
Había promesas.
Había cosas que parecían destinadas a permanecer.
Después aprendí que algunas luces también saben engañar.
Hablo con las flores
y me responden con el lenguaje de las cosas que terminan.
Se inclinan.
Se secan.
Guardan en sus pétalos
una muerte pequeña que nadie anuncia.
Las hojas doradas me parecen menos tristes.
Caen con una elegancia que no pide disculpas.
Quizá porque han entendido algo que a nosotros nos cuesta años aceptar:
que desprenderse no siempre es perder.
A veces es simplemente dejar de aferrarse a lo que ya cumplió su tiempo.
Y, sin embargo,
qué difícil resulta saber cuándo ha llegado ese momento.
Seguimos comiendo aunque no tengamos hambre.
Seguimos queriendo aunque algo dentro de nosotros ya esté cansado.
Seguimos sosteniendo objetos, nombres, costumbres, recuerdos,
como si conservarlos pudiera devolverles la vida.
Pero no todo lo que amamos merece permanecer intacto.
Hay afectos que se pudren.
Hay promesas que se vuelven peso.
Hay versiones de nosotros mismos
que alguna vez fueron necesarias
y que después se convierten en una habitación sin ventanas.
El cuerpo lo sabe.
Por eso rechaza.
Por eso tiembla.
Por eso expulsa.
Vomita lo viejo.
Lo que ya no alimenta.
Lo que ocupa espacio sin dar nada a cambio.
El deseo de agradar a todos.
El miedo a quedarse solo.
Las formas de nosotros mismos
que seguimos alimentando,
aunque ya estén muertas.
Hay cosas que deben atravesar el cuerpo
para poder abandonarlo.
Y quizá madurar
no consista en aprender a soportarlo todo.
Quizá consista en reconocer
qué cosas nos están haciendo daño
y tener el valor miserable, incómodo, necesario
de dejarlas salir.
Después queda un sabor amargo.
La garganta vacía.
El pecho cansado.
No es paz.
Todavía no.
Es apenas el espacio que deja aquello
que por fin conseguimos expulsar.
Y, por unos instantes,
el cuerpo deja de exigir
aquello que durante tanto tiempo
confundimos con alimento.

7 de agosto de 2026.



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