Lo que entra cuando apago la luz
Actualizado: hace 5 días
Hay noches en las que la cama deja de ser un refugio.
Uno apaga la luz
como quien cierra una puerta,
convencido de que el mundo
ha quedado del otro lado.
Pero el mundo aprende a entrar.
Se desliza entre las sábanas,
ocupa el lugar de la almohada
y empieza a hablar
con una voz que se parece demasiado a la mía.
Entonces regreso
a todas las conversaciones inconclusas,
a las despedidas demasiado breves,
a las palabras que nunca dije,
a los comienzos que el miedo confundió con finales.
La noche tiene esa costumbre.
No distingue entre lo que ocurrió,
lo que pudo ocurrir
y aquello que jamás iba a suceder.
Lo coloca todo en la misma habitación.
Quisiera dormir.
No porque esté cansado,
sino porque, por unas horas,
quisiera dejar de negociar con mi propia cabeza.
Hay noches en las que pienso
que todavía estoy a tiempo de arreglarlo todo.
Abrazar más fuerte a mi abuela.
Quedarme un rato más con mi madre.
Sin mirar el reloj.
Sin creer que siempre habrá otro día.
Decirle a mi padre esas dos palabras
que siempre supuse evidentes
y que, precisamente por eso,
tantas veces dejé para después.
Quisiera que mi hermano
supiera cuánto lo admiro,
aunque casi nunca encuentre la forma de decírselo.
Quisiera que ninguno de mis amigos
atravesara la oscuridad
creyendo que está solo.
Y mientras imagino todo eso,
el corazón insiste en correr
como si estuviera huyendo
de un peligro
que nadie más alcanza a ver.
Entonces aparece ese miedo antiguo.
No el de morir.
El de dejar de existir
sin haber querido lo suficiente.
Me entran ganas de escribir.
De llamar.
De pedir perdón
por cosas que quizá nunca lastimaron a nadie.
De decir "te quiero".
Antes de que amanezca.
Antes de volver a creer
la mentira más antigua de todas:
que siempre habrá otra oportunidad.
Después amanece.
El café.
La ropa.
Las reuniones.
Las conversaciones de siempre.
Y uno consigue parecer
una persona tranquila.
Hasta que vuelve la noche.
Y todo empieza otra vez.
Un ciclo.
Un vicio.
Un círculo.
Un cirio.
Un delirio.
Ojalá algún día
mi mente
aprenda a convertirse
en el lugar seguro
que de niño encontraba
bajo las sábanas.

24 de julio de 2026.



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