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El borde de tu mundo

3 jul
3 min de lectura

Hay demasiadas cosas que no sé de ti.


No sé qué música eliges cuando termina el día. Si vuelves a casa buscando el silencio o dejando que una canción haga más amable el camino. No sé si prefieres perder una tarde en un museo, entrar a un teatro sin saber qué obra van a representar o caminar sin rumbo hasta que alguna calle decida por ti.


No sé si escribes en los márgenes de los libros o si jamás te atreverías a doblar una página. No sé si cocinas siguiendo una receta o si improvisas. No sé si el café es un ritual o apenas una pausa entre un compromiso y el siguiente. Quizá prefieras el té y llevo meses haciéndome la pregunta equivocada.


Lo curioso es que nunca he sentido la necesidad de imaginarte mejor de lo que eres.


Me basta con todo lo que todavía desconozco.


Porque hay una diferencia enorme entre idealizar a alguien y sentir una curiosidad inmensa por la persona que realmente es.


Me gusta pensar que alguien llegará a conocer ese mundo.


Que aprenderá cuáles son las historias que cuentas con facilidad y cuáles necesitan tiempo para encontrar las palabras.


Que sabrá distinguir el silencio que nace del cansancio del que aparece cuando algo importante está ocurriendo dentro de ti.


Que descubrirá esas pequeñas costumbres que nadie nota hasta que comienza a querer a alguien.


A veces deseo profundamente que sea yo.


Siempre me marcho con la sensación de haber guardado la pregunta importante para otro momento.


Como si nuestras conversaciones no terminaran realmente; fuera yo quien decidiera interrumpirlas justo antes de averiguar algo que ya no tendría derecho a preguntar.


No porque me falte valor.


Sino porque algunas conversaciones son demasiado valiosas como para imponerles el peso de una confesión.


Hay miles de kilómetros entre nosotros.


Pero, curiosamente, nunca han sido el obstáculo más difícil.


El verdadero límite siempre aparece unos minutos antes, cuando llega el momento de despedirse y descubro que todavía quedan demasiadas preguntas sobre la mesa.


Prefiero llevármelas conmigo.


Hay preguntas que también son una forma de cuidar aquello que todavía no queremos romper.


Paso buena parte de mi vida haciendo preguntas.


Después de tantos años, ya no sé si elegí esta profesión porque me gustaban las preguntas o si fueron las preguntas las que terminaron eligiéndome a mí.


Paso también buena parte de mi vida estudiando sistemas lejos del equilibrio.


No porque el equilibrio sea indeseable.


Sino porque un sistema que lo alcanza deja de cambiar.


Ya no intercambia.


Ya no crea.


Permanece.


Los gradientes, en cambio, sostienen el movimiento.


Una diferencia de temperatura permite que el calor viaje.


Una diferencia de altura convierte una corriente en río.


La naturaleza parece insistir en que casi todo lo que permanece vivo necesita alguna forma de diferencia.


Quizá por eso nunca he conseguido pensar en la distancia únicamente como una forma de ausencia.


A veces también es un gradiente.


No uno que garantice un encuentro.


Solo una diferencia que mantiene abiertas las posibilidades.


Y mientras exista una posibilidad, por pequeña que sea, algo continúa moviéndose.


No sé si algún día sabré qué canción eliges cuando necesitas volver a empezar. Si prefieres una tarde de lluvia o un viaje improvisado. Si eres de amaneceres o de noches largas.


Quizá nunca lo sepa.


Y, sin embargo, eso no vuelve más pequeña la admiración que siento por ti.


Al contrario.


Porque he descubierto que hay personas que ensanchan el mundo de otros sin siquiera saber que lo han hecho.


No hace falta recorrer por completo el mundo de alguien.


A veces basta con alcanzar su borde para descubrir que el nuestro ya no vuelve a verse igual.




3 de julio de 2026

 
 
 

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