Mi lugar
- eduardogmora
- 28 jun
- 2 Min. de lectura
27 de junio 2025
Con el tiempo aprendí a hacer del instante un refugio, a encontrar hogar en lo efímero, como un atardecer visto desde una ventana prestada, el eco de mis pasos por calles que sólo conocen mi sombra, una cena improvisada con amigos donde una cerveza y algo para picar, es suficiente para volver entrañable la noche.
He comprendido que el hogar no siempre tiene muros ni coordenadas. A veces es apenas la comodidad de estar donde uno puede quitarse el peso de encima, reír sin prisa, dejar que la conversación se alargue como quien extiende una manta sobre el frío.
Como aquella tarde en la que un amigo me invitó a cocinar con el Sol, una pasión compartida. Sin más techo que la sombra de un árbol matizando el cielo azul, hablamos de lo que casi nunca se dice, dejamos que la luz nos cubriera sin urgencias. Fue, quizá, la charla más honesta que hemos tenido. También eso es hogar.
Hay días en que me pregunto si esta forma de estar —a medias, ligero de equipaje— es huida o forma de cuidado. Si no echo raíces es porque a veces temo que las corten. Si abrazo lo pasajero, tal vez sea porque la permanencia me asusta más que la intemperie.
La maleta, casi siempre, está medio empacada. Ante cualquier invitación, cualquier pretexto, cualquier congreso en otro país, no tardo en cerrar la cremallera y partir. Vuelos de más de diez horas se me han vuelto rutina. Aeropuertos que se parecen unos a otros, cafés insípidos a las cinco de la mañana, ventanillas desde donde contemplo amaneceres que nadie más ve conmigo.
He dormido en camas ajenas, cocinado en cocinas que no eran mías, aprendido a dejar huellas tan leves que apenas marcan el suelo. Y, sin embargo, cada ciudad, cada mesa encendida de risas o silencios, me ha dado una forma de abrigo que no se lleva el viento.
Hay un coraje discreto en quedarse donde uno no pertenece del todo. En mirar por la ventana de un tren, o desde el pequeño óvalo de un avión que corta nubes, y sentir que por unas horas el mundo se suspende. Que todo es mío por un instante y de nadie para siempre.
A veces creo que mi casa es este cuerpo que se detiene un momento a mirar cómo cae la tarde. O este cuaderno donde anoto fragmentos para no olvidar que, aunque breve, la ternura existe. Que la voz, aun cuando tiembla, puede abrir un claro en la noche.
Hay quienes sueñan con raíces profundas. Yo, en cambio, aún busco dónde sembrar mis sueños. Quizá un día encuentre tierra firme. O alguien que sostenga mis estaciones sin cercarlas. Mientras tanto, me dejo llevar por lo que se posa y se va: la luz, el rumor, una cerveza improvisada, la sombra de un árbol, una palabra a tiempo. Mi raíz, por ahora, es el instante.








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