Mallorca
Después del 2013 intenté seguir adelante. Crecí, sí, pero lo hice acompañado por una voz que me desarmaba por dentro, con la puntualidad de las cosas que uno no logra expulsar. Durante mucho tiempo creí que nadie podría quererme de verdad, y cuando alguien se acercaba con ternura yo era el primero en poner distancia, como si el cariño viniera con una grieta escondida.
Llegué a creer que el problema no eran mis errores ni mis inseguridades, sino yo entero, como si mi existencia tuviera algo de defecto irreparable, porque esas fueron las palabras que se me quedaron viviendo adentro, repitiéndose como un eco constante que nunca aprendió a irse. No las olvido. A veces basta una sola frase para levantar una casa entera de desconfianza.
Por eso me costaba aceptar el cariño. Sentía, en secreto, que estaba engañando a quien quisiera quedarse, y que tarde o temprano descubrirían que no valía lo suficiente. Escuché muchas veces eso de que primero había que aprender a amarse a uno mismo, y cada vez que lo oía me visitaba una culpa más honda. Como si no saber hacerlo me volviera indigno de cualquier otra forma de amor.
Pero con el tiempo entendí otra cosa. No haber aprendido a quererme no me hacía menos digno de ser querido. Solo significaba que había crecido sin las herramientas para mirarme con compasión, con esa paciencia sencilla que no siempre se enseña, pero a veces llega, como llega la luz cuando uno por fin abre la ventana.
Tal vez el amor propio no sea una victoria frente al espejo ni una mañana perfecta sin grietas. Tal vez sea algo más modesto y más difícil. Dejar de hablarse con odio. No repetir que nadie se va a quedar. No sabotear lo bueno por miedo a que se rompa. Si uno ha crecido desconfiando de sí mismo, claro que duda cuando alguien lo quiere. Claro que imagina que la partida es cuestión de tiempo.
Ahora entiendo que eso no me hace débil. Me hace alguien que sobrevivió como pudo, incluso sospechando de la ternura. Y hoy puedo decir, sin tanto temblor, que ya no me desprecio como antes. Parece poco, pero no lo es. A veces una sola grieta distinta cambia la forma en que entra la luz.
Quizá no se trataba de esperar a amarme para dejar que alguien me quisiera. Quizá se trataba de empezar a tratarme con la misma delicadeza con que he esperado siempre que otros me miren. Con menos dureza. Con un poco más de verdad.
He crecido odiándome. Y, aun así, aquí estoy, a más de 9600 kilómetros de casa, intentando aprender algo que nadie me enseñó del todo. Que no tengo que ser perfecto para ser digno de amor. Ni del mío ni del de nadie. Y esta isla, con su manera tranquila de no pedir explicaciones, me ha traído un poco de paz.

23 de junio de 2022



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