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Los restos del porvenir

  • eduardogmora
  • 5 nov
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 6 nov

7 de noviembre de 2023


Pensaba que tocar fondo era lo peor que podía haberme pasado. Sentía que había perdido el futuro y quedaba a la deriva, sin nadie que me guiara. Pero con el tiempo entendí que era necesario. Necesitaba hundirme para limpiar, para reconocerme, para comenzar de nuevo. No perdí mi futuro, simplemente cambió de dirección. Y aunque el vértigo me asustó al principio, hoy sé que tomar el timón de mi propio barco fue lo mejor que pude haber hecho. Ahora sé hacia dónde quiero ir, o al menos, sé que quiero seguir avanzando.


Todos, en algún momento, hemos sentido esa extraña contradicción: estar empapados por fuera y hechos pedazos por dentro. El final de una relación no solo es la pérdida de una persona, sino el derrumbe de un futuro que ya habías imaginado. Una vida con nombre, con planes, con risas y costumbres.


Y de repente, nada.


¿Quién no ha sentido ese vacío? Ese instante en el que el amor no alcanza, en el que no entiendes por qué alguien a quien amas tanto ya no está. Es entonces cuando descubres que no solo pierdes a quien amabas, también pierdes la brújula, la calma, el hogar.


Recuerdo aquel momento: una promesa en la mano, una sonrisa rota, y esa sensación de que todo se desmorona. Pero incluso ahí, entre las ruinas, algo me sostuvo. Tal vez fue la intuición de que a veces es necesario tocar fondo para volver a encontrarte. Que aunque duela, no todo está perdido.


Porque sí, todos hemos estado en ese lugar. O al menos, eso quiero creer.

Y, de alguna forma, todos hemos aprendido, a nuestra manera, a sanar.


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