Los futuros también mueren
Ya no importa. Te lo aseguro.
No tienes que explicarme nada.
Hace mucho entendí que te habías marchado. Lo sabía incluso antes de encontrar las palabras para admitirlo. Durante mucho tiempo seguí hablándote en silencio, como si la realidad fuera algo que pudiera corregirse con suficiente insistencia.
Pero hay puertas que no se vuelven a abrir.
Y no hablo de ti.
Hablo de todo lo que no ocurrió.
De los viajes que nunca planeamos.
De las fotografías que no llegamos a tomarnos.
De las conversaciones que se quedaron esperando un momento que jamás llegó.
Durante meses pensé que lo que extrañaba era tu ausencia.
Me equivocaba.
Lo que extrañaba era el futuro.
Extrañaba la posibilidad.
La vida que apenas comenzaba a dibujarse cuando desapareció contigo.
Ya no me pregunto cómo habrían sido nuestras vacaciones.
Ya no imagino qué nombre habría aparecido junto al mío en los formularios de un hotel.
Ya no me descubro eligiendo una canción para enviártela después.
Compré libros que nunca vas a leer.
Vi películas que nunca vamos a comentar.
Conocí lugares donde tu recuerdo llegó antes que yo.
Y poco a poco entendí que la tragedia no era perderte.
La tragedia era sobrevivir a todas las versiones de nosotros que murieron contigo.
Durante mucho tiempo discutí con los hechos.
Pensé en accidentes que no ocurrieron.
En caminos que pudieron ser distintos.
En retrasos de cinco minutos.
En llamadas que nunca existieron.
Uno se vuelve experto en inventar universos cuando la realidad resulta insuficiente.
Pero el mundo siguió adelante.
Y yo también.
No por valentía.
No por fortaleza.
Simplemente porque los días continuaron llegando.
Comencé a dejar de buscarte en todas partes.
Dejé de esperar que algo imposible sucediera.
La vida recuperó ciertas costumbres.
Los desayunos volvieron a ser solamente desayunos.
El teléfono volvió a ser un teléfono.
Las noches dejaron de parecer una sala de espera.
Incluso los boleros perdieron algo de su capacidad para herirme.
Y entonces entendí algo.
No te estaba soltando a ti.
Te había perdido hacía mucho tiempo.
Lo que estaba soltando era la vida que imaginé contigo.
Y eso fue mucho más difícil.
Porque las personas se van una sola vez.
Los futuros, en cambio, tardan años en desaparecer.
Por eso ya no importa.
No porque haya dejado de quererte.
Ni porque el tiempo haya borrado lo que pasó.
Importa menos porque ya no intento retener aquello que nunca tuvo la oportunidad de quedarse.
Y porque algunas historias no terminan.
Simplemente dejan de poder continuar.

30 de mayo de 2026



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