Lo que no se cierra
Actualizado: 8 abr
Una herida no se cura.
Con el tiempo cambia de forma, eso sí. Se vuelve una línea casi invisible, algo que uno cree haber dejado atrás. Pero basta un gesto mínimo —un olor, una voz, una palabra dicha sin intención— para que vuelva a abrirse. No como antes, no con la misma violencia, pero sí con la suficiente claridad como para recordar que nunca se fue del todo.
Hay dolores que no se cuentan. No porque no existan, sino porque no encuentran lugar en el lenguaje. Se quedan adentro, ocupando un espacio difícil de nombrar. A veces pesan. A veces solo están.
Uno aprende a convivir con eso.
No es valentía ni resignación. Es otra cosa. Es seguir, aun cuando algo dentro no termina de cerrarse. Es entender que hay partes de uno que no regresan a su estado original, que quedan alteradas de manera permanente, como si hubieran sido tocadas por algo que no admite reversa.
Y sin embargo, se sigue.
No porque todo esté bien, ni porque el dolor haya desaparecido, sino porque la vida insiste. Porque incluso con esa fisura, hay días que avanzan, momentos que suceden, pequeñas formas de estar que no duelen tanto.
La herida no se borra.
Pero deja de ser el centro.
Y un día, casi sin darte cuenta, recuerdas. No con alivio, tampoco con la misma tristeza. Lo recuerdas como algo que fue parte de ti, algo que te cambió sin pedir permiso.
No te devuelve lo que eras.
Pero tampoco te deja igual.

3 de abril de 2026



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