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Las ruinas que aún respiran

  • eduardogmora
  • 26 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

18 de junio de 2024


Soy lo que queda cuando el orgullo se disuelve

y la voz interior deja de fingir grandeza.

Soy un hombre que alguna vez creyó ser el sol

y que, cada noche, contempla su caída

no como castigo,

sino como revelación:

hay luces que nacen sólo para recordar

que también sabemos hundirnos.


Soy la voz baja de quienes hablan desde el fondo,

los que temen al grito porque saben

que el grito también puede romperlos.

Soy ese murmullo que avanza con cautela,

que se sostiene en el umbral del silencio

como quien teme despertar a sus propias sombras.


Soy la esperanza que tiembla en la penumbra,

una lámpara fatigada que no se apaga

porque ya no tiene adónde retirarse.

Soy la calma en la tormenta,

pero no por valentía,

sino por cansancio.


Soy un marinero perdido en océanos interiores;

no hallé mi rumbo en la tierra firme,

sino en las estrellas repetidas por el agua,

en reflejos que jamás fueron míos

y, aun así, aprendí a seguirlos,

porque moverse —aunque duela—

es la única fe que no me abandona.


Soy un orbitante de ausencias,

un amante de astros que sólo ha caído

en la gravedad de uno,

cuerpo que arrastra y redime,

ternura que hiere,

herida que ilumina.


Soy también el coro oscuro de mis pensamientos,

el cuarto sin ventanas donde mis voces reclaman libertad

y, al reclamarla, fabrican nuevas cadenas.

soy la vertiente de mis tristezas

y el cauce que las dispersa por mi pecho

como si buscaran sobrevivirme.


Soy unas manos que tiemblan

porque saben que no podrán salvar a nadie

y, aun así, permanecen abiertas,

como si la compasión fuera

una forma secreta de resistencia.


Soy una catedral de insomnios y memorias,

poemas errantes que buscan un altar

y sólo encuentran eco.

Soy un vitral armado con fragmentos de ruina,

cada pedazo brillando por la memoria

de un corazón que se quebró

y continúa latiendo por pura obstinación.


Soy una pintura corregida hasta el agotamiento,

una obra hecha de errores rebautizados

como accidentes felices.

soy un libro cansado que se ofrece

a quien no tema escuchar mis silencios,

una máquina antigua de canciones heridas,

melodías que regresan para recordarme

lo que fui

cuando aún no sabía nombrar mi dolor.


Soy un hombre bueno cercado por sus hábitos oscuros,

un espejo roto donde mis culpas, mis dudas, mis sombras

se mezclan con mi rostro

hasta volverlo irreconocible.


Soy este ser taciturno,

con moretones que el tiempo no borra,

con heridas que aprendieron a quedarse

sin pedir permiso.


Y, sin embargo —en la grieta, en el temblor, en la penumbra—

sigo buscándome,

sigo intentando habitarme,

sigo vigilando la brasa mínima que aún respira

bajo los escombros de mí mismo.


Pero en el fondo lo sé:

no hay promesa de retorno,

no hay claridad esperándome al final del corredor.

hay sólo esta noche espesa,

este descenso paciente,

esta lealtad sombría hacia mi propia desgracia.


Sí:

soy devoto de la tristeza —

no porque me salve,

sino porque es el único territorio

donde todavía existo

mientras me pierdo.




 
 
 

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