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La ciudad que invento

  • eduardogmora
  • 13 jul
  • 2 Min. de lectura

13 de julio de 2025


Te sigo buscando en una ciudad en la que no vives, en la que nunca estuviste y nunca estarás. A veces creo que las calles también te recuerdan, como si tu sombra se hubiera filtrado en la grieta de cada banqueta, en el reflejo tembloroso de cada escaparate.


Me quiero convencer de que cada rincón guarda algo tuyo, una risa que se quedó flotando entre la multitud, una mirada que roza mis hombros cuando paso, un hola que no pude pronunciar. Algunas ciudades no se habitan; se sienten, se respiran como un nombre que no se olvida.


Camino por avenidas que invento para encontrarte, y me detengo ante semáforos en rojo que duran más de lo que deberían, pero es tu recuerdo el que de verdad me detiene. El tráfico avanza, la gente cruza, yo me quedo.

A veces, sin querer, busco tu reflejo en los cristales de los autos, en la vitrina de un café cualquiera, como si fueras a aparecer al otro lado del vidrio, con esa sonrisa que, aunque no lo sepas, me fascina, diciendo algo tan trivial que dé paso a algo más.


No sé bien qué busco cuando te busco. Quizá solo quiero una excusa para quedarme un poco más, para prolongar esta ilusión absurda de que tal vez, en esta ciudad que nunca pisaste, alguna vez podrías aparecer. Quizá solo camino para comprobar que, aunque nunca estés, aún tengo un lugar donde encontrarte, en esta ciudad inventada, tan tuya y tan mía, donde nadie nos interrumpe.


Y mientras tanto, la luz cambia de rojo a verde, pero yo sigo parado, esperando que, en algún giro imposible, tu sombra decida volver a pasar por aquí.


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