Interrupción
Tu muerte llegará un día cualquiera.
No habrá música. No habrá revelaciones. No sentirás que el universo ha decidido cerrar un capítulo. Probablemente será un martes. O un jueves. Un día mediocre, perdido entre obligaciones pequeñas y preocupaciones que dentro de cien años no significarán absolutamente nada.
Llegará mientras haces planes.
Mientras pospones una llamada.
Mientras prometes que la próxima semana comenzarás de nuevo.
Mientras guardas para después las palabras que todavía no te atreves a decir.
La muerte tiene una costumbre cruel. Nunca llega cuando la esperamos. Llega cuando todavía creemos que queda tiempo.
Te encontrará siendo una obra inconclusa.
Con libros a medio leer.
Con preguntas sin respuesta.
Con errores que jurabas corregir.
Con versiones de ti mismo que jamás llegarán a existir.
Porque nadie termina su vida. La muerte simplemente interrumpe el trabajo.
Y lo más terrible no es eso.
Lo más terrible es descubrir que incluso si te concedieran diez años más, veinte años más, cincuenta años más, seguirías sintiéndote igual de incompleto.
Seguirías posponiendo ciertas conversaciones.
Seguirías cargando culpas antiguas.
Seguirías despertando algunas noches con la sospecha de haber desperdiciado algo esencial.
La existencia humana parece construida sobre una contradicción miserable.
Vivimos como si dispusiéramos de tiempo infinito.
Sufrimos como si cada segundo fuera irrepetible.
Y al final no somos capaces de resolver ninguna de las dos cosas.
Por eso resulta tan extraño observar a las personas.
Corren.
Se apresuran.
Acumulan días como quien acumula monedas.
Discuten por asuntos diminutos.
Protegen orgullos que dentro de poco serán polvo.
Y todo ocurre bajo la sombra de una sentencia que nadie ignora y que, sin embargo, todos se esfuerzan por olvidar.
Vas a morir.
Yo también.
Todos los que amas.
Todos los que recuerdas.
Todos los que alguna vez pronunciaron tu nombre.
Y el mundo apenas se moverá un centímetro.
La lluvia seguirá cayendo sobre los techos.
Los trenes seguirán llegando a las estaciones.
Alguien reirá en una cafetería.
Alguien se enamorará.
Alguien llorará por otra ausencia.
La maquinaria continuará funcionando con la misma indiferencia con la que siempre ha funcionado.
Tal vez por eso buscamos desesperadamente algún tipo de significado.
No porque exista.
Sino porque necesitamos creer que existe.
Necesitamos pensar que nuestras heridas justifican algo.
Que nuestros amores conducen a alguna parte.
Que nuestras pérdidas serán recompensadas.
Que el sufrimiento tiene una explicación escondida.
Pero el silencio rara vez responde.
Y aun así seguimos preguntando.
Seguimos escribiendo.
Seguimos amando.
Seguimos levantándonos cada mañana como si hubiera una respuesta esperándonos al final del día.
Quizá esa sea nuestra tragedia.
O quizá sea nuestra única forma de dignidad.
No vencer a la muerte.
No comprenderla.
Sino continuar avanzando hacia ella mientras fingimos que todavía estamos buscando otra cosa.
Porque la paz que anhelamos probablemente no existe.
Y, sin embargo, hay algo profundamente humano en seguir deseándola.

13 de junio de 2026



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