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Informe sobre un muerto ambulante

  • eduardogmora
  • 15 nov
  • 2 Min. de lectura

15 de noviembre de 2025


Ayer hablé con la muerte. No llegué a buscarla; simplemente apareció sentada en mi escritorio, hojeando mis cuadernos como si evaluara la textura de mis pensamientos. Le pedí, con la serenidad de quien solicita un favor doméstico, que adelantara mi viaje hacia ese silencio final que tanto promete. Ella dejó de leer, alzó la mirada —una mirada sin ojos, apenas un gesto— y pareció medir el peso exacto de mi petición, como quien sopesa una fruta antes de comprarla.


Dijo entonces que mi solicitud era improcedente. No porque fuera prematura, sino porque, según sus anotaciones, yo ya estaba muerto desde hacía tiempo. Lo afirmó con la naturalidad de una oficina pública donde los expedientes nunca coinciden con las personas. Quise protestar y señalé mi cuerpo, mis manos, mi respiración irregular. Ella negó con la cabeza, indulgente, como quien corrige a un niño confundido por las reglas de un juego que nadie explicó bien.


Le pedí pruebas. La muerte se encogió de hombros, abrió uno de mis cuadernos y señaló mis propias frases. Cada palabra —dijo— era el testimonio de alguien que había abandonado su vida por inercia y que solo conservaba el gesto mecánico de existir. Me quedé mudo. Había una lógica absurda, casi burocrática, en su diagnóstico: yo había muerto por acumulación de días.


Quise saber por qué seguía entonces caminando por el mundo. Ella respondió que, de vez en cuando, algunos cadáveres insisten en participar del horario habitual, como si nadie les hubiera avisado de su estado. No era su responsabilidad detenerlos. “La costumbre es un mecanismo más poderoso que la muerte”, murmuró.


Antes de marcharse, me ofreció un consuelo extraño. Aseguró que no vendría por mí hasta que yo mismo aceptara mi condición. Que, al final, la muerte no toma a nadie; solo recoge a quienes dejan de resistir. Luego cerró mis cuadernos con la precisión de un funcionario que finaliza un trámite.


Y se fue. Sin dramatismo, sin mensaje final. Solo quedó el aire revuelto en la habitación y una incomodidad persistente: la sospecha de que, tal vez, su afirmación era cierta. Desde entonces, cada vez que camino por la calle, vigilo mi sombra. Hay días en que noto que no me sigue del todo. Otros, en que parece adelantarse unos pasos.

No sé qué significa ese desfase. Pero intuyo que, en algún punto, incluso mi sombra está tratando de decirme algo que yo aún me resisto a escuchar.


ree

 
 
 

1 comentario


Invitado
16 nov

Eduardo, he leído tu texto, y me ha gustado!!!, saludos!!!

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