Fuego que desobedece
- eduardogmora
- hace 2 días
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27 de noviembre de 2025
El amor, cuando es verdadero, siempre desobedece. No responde a órdenes, ni admite fronteras, ni acepta las leyes diminutas con las que intentamos domesticar lo que sentimos. Es quizá la única rebeldía intacta, la única capaz de rompernos sin pedir permiso y de crearnos de nuevo sin previo aviso, como un fuego que decide arder aun en plena lluvia.
Nadie decide a quién amar. Nadie escribe un plan secreto ni redacta un mandato interior que anuncie el temblor que habrá de llegar. El amor se adelanta, se infiltra, aparece donde jamás se esperaba y permanece donde ni siquiera pensábamos mirar. Nace sin permiso, crece sin cautela, arde sin lógica. En esa irrupción encuentra su respiración más libre.
Amar es lanzarse contra el mundo sin más defensa que el propio deseo. Es decirle al miedo que renuncie a su trono, decirle a la costumbre que sus muros no alcanzan, decirle al dolor que no tiene derecho a cerrar la última puerta. Es el gesto improbable de entregarse a sabiendas de que nada asegura el retorno, y aun así apostar la vida a una voz que no dominamos.
Tal vez por eso el amor sea el acto más radical de todos. En él cedemos el gobierno de nuestro pulso a un impulso que nos desborda. Elegimos ser vulnerables, aunque nunca elegimos por quién. Amamos como quien incendia una frontera para abrir un paso que parecía imposible.
Y aun así, o quizá precisamente por ello, en medio de ese resplandor indomable, el amor revela la única verdad que no aprende a obedecer. Somos libres únicamente cuando dejamos de fingir que el control nos pertenece.








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