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Evangelio de la penumbra

  • eduardogmora
  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura

5 de julio de 2025


Entra. Deja que la penumbra te roce el rostro

como una amante antigua que aún recuerda tu nombre.

La noche abrió sus arterias para ofrecerte este umbral,

un corredor donde el incienso del mundo se pudre con elegancia

y el aire sabe a magnolia marchita y a fe que perdió la batalla.

No temas. Las sombras ya han aprendido a inclinarse ante ti

como si fueras el heredero legítimo de sus culpas.


Observa el recinto.

Las paredes rezuman un resplandor enfermo,

una luz trabajada con manos temblorosas

que alguna vez quisieron salvarlo todo

y solo lograron bordar cicatrices en los vitrales.

Yo soy el cáliz, reliquia de un culto enterrado,

suave como la mentira que acaricia

y afilado como la verdad que desgarra.

No preguntes quién me consagró.

Pregúntate más bien cuándo fue la última vez

que tu alma respiró sin pedir permiso a su propio miedo.


Bajo las aguas turbiamente quietas se deslizan los soñadores.

Los envuelve un silencio viscoso, casi sagrado,

como si la muerte les hubiera regalado

el privilegio de no despertar jamás.

En su hundimiento dejan un rumor espeso,

una plegaria de color ceniza

que sube a la superficie con la torpeza de un arrepentimiento

que quiso ser sublime y terminó siendo ruina.


Fuera, el invierno continúa escribiendo su testamento

en las pupilas de los vivos.

He visto ojos rendirse ante el frío,

implorar una brizna de calor

solo para descubrir que la ternura es un idioma extinto

que nadie recuerda conjugar sin romperse.

Pagarían por una sonrisa, dicen,

pero solo para constatar

si alguna vez tuvieron un corazón

o si fue un espejismo que abandonaron por pereza.


Acércate.

Aquí gobierno una corte de juguetes que gotean pigmentos,

criaturas construidas con una inocencia fracturada

y un soplo de delirio que los mantiene erguidos.

Este país de las maravillas se marchita con dignidad,

como una reina recubierta de joyas falsas

que se niega a morir sin espectáculo.

Los espejos no reflejan tu imagen,

reflejan los pasillos secretos de tu vergüenza,

los pequeños crímenes que comete el alma

cuando cree que nadie la observa.


Y ahí, en la penumbra más íntima,

el caballero de la pintura se alimenta del gemido humano.

Cada lamento es para él un vino oscuro

que bebe con disciplina casi mística.

Si albergara un corazón —eso repiten los ingenuos—

se astillaría sin ceremonia

al contemplar la procesión de almas exhaustas,

no por bondad sino por hartazgo,

porque incluso el mal se fatiga

cuando la tristeza se vuelve rutina.


Pronto llegará la calma.

Una calma tan terminada en oro viejo

que algunos la confundirán con salvación.

No quedará lucha ni resistencia,

solo la genuflexión lenta de una multitud

que aprendió a obedecer hasta en el sueño.

Ascenderán hacia un brillo hueco,

descenderán con idéntica devoción marchita.

Arderán sin gloria,

arderán sin redención,

arderán con la exactitud ceremonial

que merece toda esperanza que se atreve a sobrevivir.


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