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El tercer piso.

  • eduardogmora
  • 26 jun
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 4 jul

(Una especie de reflexión.)


6 de agosto de 2022


¿Entonces así se siente? Me pregunté mientras recorría las últimas cuadras para regresar al lúgubre departamento que por ahora, es mi hogar. Muchísimos errores, muchísimos horrores, muchísimas dudas y muchísimos temores. Nosotros nos percatamos claramente cómo el tiempo avanza; y Adrian Bejan, con su famosa "ley constructal", ha explicado perfectamente por qué el tiempo parece avanzar mucho más aprisa conforme vamos envejeciendo.


En el "Asidero en la oscuridad" Charles Bukowski a su muy peculiar manera declama "… soy una serie de pequeñas victorias y grandes derrotas…", y estoy completamente seguro de que la gran mayoría de esas derrotas son resultados a cierto tipo de miedos. ¡Vaya que el tipo veía claramente! Fue hace 30 años que di la primera bocanada de aire, y el destino estuvo sellado. Y si algo me ha enseñado la termodinámica, es que la vida no es una función de estado, sino dependiente de la trayectoria. Ahora entiendo que esas decisiones que tomamos a diario, con consecuencias irreversibles, son un claro ejemplo del imparable incremento de entropía


De mi vida, recuerdo muchísimas cosas, la gran mayoría, triviales. Como cuando junto con mi madre, esperábamos a que mi hermano Gerardo saliera del kínder. Era aburrido, pero gracias a algunas historias que ella me contaba, y con una fruta de temporada, era llevadero. También recuerdo mis dos años de kínder, donde todo eran juegos y risas.

Luego, llegaron los seis años de primaria; la presión de ser buen alumno inició, pues Gerardo destacaba sobre el resto de sus compañeros. Tres años de secundaria, tres más de preparatoria, y el tiempo no daba tregua. Pronto terminé de estudiar ingeniería, y en un abrir y cerrar de ojos, me he percatado que ya falta poco para concluir el doctorado… Mis padres siempre esperaban que tuviera el mismo desempeño académico que mi hermano, y realmente lamento no haber sido ni la mitad de bueno de lo que él es; creo que simplemente no tengo ese don. En este punto, no está de más detenerme un poco e intentar externar mi pequeña colección de miedos (errores dirían algunos) que, de alguna manera, han forjado mi camino, evitando elucubrar demasiado.


Si a los 18 años no hubiera tenido miedo al qué dirán, hoy estaría dedicado completamente a la música. Tenía las aptitudes, tenía la actitud, pero nunca pude mantener mi postura frente a la ignominia con mi madre cuando me cuestionó sobre cómo pensaba (sobre)vivir en un mundo enteramente material. En esos años, la música era realmente lo que más me interesaba. Dedicaba más de 5 horas diarias a practicar, y otras tantas a estudiar. Para intentar cumplir las expectativas de mi madre, en algún momento pensé estudiar ingeniería en audio, algo que tampoco ocurrió. Sin duda la música sigue siendo una parte muy importante para mí, pero ese sueño ahora solo queda en el pasado, pues en un arrebato juvenil, decidí estudiar ingeniería mecánica.


Si a los 19 años no hubiera tenido miedo de irme a Rusia, hoy sería ingeniero nuclear, quizás con posgrado, aunque realmente nunca lo sabré. Recuerdo perfectamente cuando mi primer mentor, ilustre hombre forjado en la Unión Soviética, me había convencido de irme a Rusia a estudiar. Hice todo el papeleo sin comentarlo con mi familia. Un día cuando fui a visitar a mi amigo, me enseñó un límpido sobre membretado con las dos águilas doradas del gobierno ruso; con lo que supongo es la carta con la respuesta del proceso de ingreso al Instituto de Ingeniería Física de Moscú. Ese día decidí no abrir el sobre, y aún hoy, permanece cerrado en un cajón del escritorio sin saber qué es lo que dice.


Si a los 21 años no hubiera tenido miedo de tener algo más que una relación pasajera, lo más probable es que al día de hoy, ya habría formado mi propia familia. Orgullo, ego y algo de estulticia, fueron los detonantes de que todo simplemente se rompiera; aunque tal vez, simplemente coincidimos en el momento menos indicado. Irónica fatalidad anunciada que no pude predecir. Aún sigo buscando un atisbo de paz para esa tormenta que dejó un desastre a su paso. Me hundí por bastante tiempo y casi me ahogué en varias ocasiones. Me convertí en algo que jamás pude imaginar, y de lo que no me he podido recuperar del todo. Sin embargo, tras unos días en una paradisiaca isla del Mediterráneo, creo que voy por buen camino.


Si a los 23 años no hubiera tenido miedo de esperar, hoy estaría trabajando en el Instituto de Tecnologías Sustentables en Radom, Polonia. Fue en el verano de 2015 cuando tuve la fortuna de irme de movilidad, y que pude constatar que el conocimiento que había adquirido en mis cinco años como estudiante de ingeniería en la FI-UAEM me estaban abriendo las puertas. ¿El problema? Tener que cursar dos años más de ingeniería en Polonia mientras trabajaba como técnico de laboratorio no estaba dentro de mis planes, y simplemente lo dejé pasar, pese a que tendría un lugar asegurado en el Instituto con una carrera profesional que vislumbraba bien.


Si a los 25 años no hubiera tenido miedo de no poder con la maestría, hubiera sido baterista de una de las mejores bandas de grindcore de México. Recuerdo perfectamente cuando en un concierto, el vocalista de esta banda de culto me preguntó si no me interesaba tocar con ellos como baterista de planta. Tenían planes de iniciar una gira por México, y estaban afinando los últimos detalles para una serie de conciertos en Europa, Estados Unidos y Canadá. Mi última oportunidad para regresar a la música estaba frente a mí. Agradecí la invitación, y aunque realmente lo había considerado, creo que periclitar fue lo mejor, así que le dije que lo más sensato era que alguien más tomara ese puesto.


Si a los 27 años no hubiera tenido miedo de ser jefe de departamento, hoy ya tendría experiencia fuera de la academia y de la industria, pues una oferta en una dependencia gubernamental súbitamente apareció. Claro, mi prioridad era terminar los estudios de maestría, para poder ingresar sin contratiempos al doctorado, cosa que ocurrió sin ningún problema; pero creo que muy difícilmente esta oportunidad llegará de nuevo. Hay días en los que me cuestiono si elegir la estabilidad emocional y el reto intelectual sobre las cuestiones económicas han sido una buena decisión.


Todo esto me recuerda a un pasaje de "La intuición del vacío" de Heber Quijano: "… Así que decídete de una vez, por dónde te vas a enfilar. Estás chavo todavía para elegir un buen camino. Uno que te deje en la esquina de las calles a donde quieres llegar. No vayas a Fracaso esquina con Cansancio. Yo elegí ese camino, por eso te lo digo ahora: deja ya tus utopías, el candil de las ideologías. Pragmatismo, mi estimado…".


Ahora comprendo cuando Simone de Beauvoir decía que "conocerse a sí mismo no es garantía de felicidad, pero está del lado de la felicidad y puede darnos el coraje para luchar por ella". Y si he entendido bien la idea de Violette Leduc después de haber leído "La bastarda", es que el destino lo vamos forjando en el camino, y que la vida puede darnos grandes sorpresas. Nunca es tarde para empezar algo nuevo, solo hay que decidir hacerlo, y retomando al galardonado con el Premio Nobel de Literatura, Anatole France: "para lograr grandes cosas no solo debemos actuar, sino también soñar; no solo planear, sino también creer".


Ciertamente no me arrepiento de nada, pese a que esto parece una reseña de una funesta vida sin planes. He conocido a gente increíble a lo largo de estos años. He estado en lugares que jamás creí visitar. Mis ideas, creo que han sobrepasado incluso, lo que yo mismo llegué a imaginar, y no he mancillado mi espíritu ni corrompido mis pensamientos, aunque esto me ha traído muchos problemas. Me parece que poco a poco he comprendido que, a diferencia de la ciencia, la vida no tiene fórmulas exactas. Algunas lecciones se aprenden a base de errores y decepciones. Claro que, en esos momentos de dudas y grandes dilemas mentales, siempre hubo quienes me dijeron que aún tengo la vida por delante. He mirado desde lo alto, y desde lo bajo, y aún muchas veces me pregunto qué es lo que tengo que ver.


Hoy finalmente me percaté que he dejado los años que se cuentan en "tes", y paso al inevitable conteo de los "tas", y sobre esto, Albert Camus en "El mito de Sísifo" dijo: "Llegó un día en el que el hombre se percató de que tenía treinta años de edad y, con tal pretexto, se reafirmó en su juventud. Sin embargo, no tardó mucho en situarse en relación con el tiempo, y fue ahí cuando se horrorizó, contemplando a su peor enemigo. El tiempo no le pertenecía, sino que él pertenecía al tiempo. Solía desear con furor que fuera mañana un día tras otro, cuando lo más sensato habría sido justo lo contrario: negarse rotundamente", que era todo lo contrario a lo que la Mariscala en la ópera "El caballero de la rosa" hacía; levantarse a medianoche para detener todos los relojes. Intentarlo es fútil. Termino diciendo, en estos primeros treinta años, con toda certeza que el avance del tiempo, al igual que la entropía, es lento, casi inapreciable a veces, pero imparable.


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