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El amor nunca aprendió el camino

20 jun
3 min de lectura

Cuando era adolescente soñaba con enamorarme en una librería.


No sé exactamente de dónde había salido esa fantasía. Tal vez de las novelas que leía, tal vez de alguna película olvidada, o tal vez de esa ingenua convicción que uno tiene a cierta edad de que las cosas importantes suceden en lugares importantes. Y para mí no había lugar más importante que una librería.


Entraba en ellas con la misma disposición con que otros entran a las iglesias. No buscaba respuestas. Tampoco buscaba únicamente libros. Buscaba esa sensación extraña de que algo extraordinario podía estar aguardándome detrás de cualquier estante.


Me gustaban especialmente las de segunda mano. Aquellas con pasillos estrechos, anaqueles torcidos y ejemplares que parecían haber sobrevivido a varias vidas antes de llegar a la mía. Deslizaba los dedos por los lomos gastados, observaba las cubiertas descoloridas, aspiraba el olor del papel envejecido aunque terminara estornudando. Había algo profundamente humano en esos libros. Algo vulnerable. Como si cada uno llevara encima las huellas de quienes lo habían amado antes.


Si me sobraba algo de dinero, me permitía el lujo de rescatar alguno.


Todavía recuerdo una tarde en particular.


En un estante casi oculto encontré Los cristales soñadores, de Theodore Sturgeon. Era una edición de pasta dura, con los cantos dorados y un listón color lila asomando entre sus páginas. Costaba tan poco que parecía un error. Lo sostuve entre las manos con la sensación de haber descubierto algo que llevaba años esperándome.


Al abrirlo encontré una dedicatoria escrita con tinta azul. Más adelante apareció una flor seca. Entre las páginas dormían también un par de notas dobladas cuyo significado ya nadie recordaría jamás.


Aquel libro había pertenecido a otras vidas.


Y, de algún modo, todas seguían allí.


Lo curioso es que los libros siempre terminaban encontrándome.


Llegaban cuando menos los buscaba. Aparecían escondidos entre montones de volúmenes olvidados, aguardaban en cajas polvorientas o en estantes donde nadie parecía mirar. Siempre había un descubrimiento inesperado. Siempre volvía a casa con alguna historia nueva bajo el brazo.


Nunca con una persona.


Porque mientras recorría aquellos pasillos también esperaba otra clase de hallazgo.


Imaginaba que, en algún rincón de la librería, alguien levantaría la vista al mismo tiempo que yo. Que nuestras manos buscarían el mismo libro. Que una conversación comenzaría con un autor y terminaría quién sabe dónde. Me parecía lógico. Después de todo, si los libros podían encontrar a sus lectores, ¿por qué no podrían encontrarse también dos personas?


Pero los años pasan.


Las librerías siguieron llenándose de historias.


Yo sigo entrando en ellas.


Y por alguna razón, sigo mirando un instante más allá de los libros.


Con el tiempo comprendí que lo que buscaba no era realmente a alguien entre los estantes. Lo que buscaba era una promesa. La idea de que el amor llegaría con la misma naturalidad con que aparecen ciertas historias en nuestra vida. Que bastaba con tener paciencia. Volver una y otra vez. Permanecer atento. Confiar.


Los libros obedecían esa lógica.


La vida no.


Aun así, cada vez que entro en una librería antigua me descubro mirando un poco más allá de los títulos. Como si alguna parte de aquel muchacho siguiera recorriendo los pasillos con los sueños abiertos de par en par.


Los libros siempre terminaron encontrándome.


El amor, en cambio, nunca aprendió el camino.





20 de junio de 2026


Una gratitud


Este texto fue escrito después de visitar Tráfico de Libros, una pequeña librería de segunda mano en Lavapiés.

Me gustan los lugares que se resisten a convertirse únicamente en comercios. Lugares donde los libros todavía conservan una segunda vida, donde alguien puede dejar una historia para que otro la encuentre años después. Allí conviven estantes cuidadosamente elegidos, un piano dispuesto para quien quiera sentarse a tocarlo y una biblioteca pensada para que los lectores más veteranos puedan llevarse los libros que necesiten, durante el tiempo que necesiten.

Quizá por eso me gustó tanto. Porque todavía existen sitios que entienden que los libros no son objetos, sino formas discretas de encuentro.

Y porque, de vez en cuando, una librería nos recuerda que algunas cosas siguen mereciendo ser compartidas.

 
 
 

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