Como quien no aprende
Actualizado: 8 abr
Yo no sé amar poco.
Lo intento a veces, como quien prueba el agua con la punta de los dedos, pero no me sale. En mí el amor no sabe quedarse en la orilla. O entra del todo o se retira sin dejar rastro.
Cuando quiero, hay algo que se desordena. No es ruido, es más bien una forma distinta de silencio. Las palabras se vuelven torpes, las manos dudan, y aun así todo parece ir hacia el mismo sitio, como si ya supiera el camino sin preguntarme.
Yo no sé amar poco, quizá porque aprendí tarde, o mal, o demasiado en serio. Vengo de lugares donde el cariño no siempre se decía, donde había que adivinarlo en los gestos mínimos, en lo que no faltaba. Tal vez por eso, cuando aparece, lo tomo sin medida, como si fuera a acabarse.
No supe decirte todo esto.
Ni siquiera supe decirte algo claro.
Pero en cada pausa había una forma de quererte, en cada desvío una manera de quedarme. Te quise así, sin método, con una fe un poco ingenua y un poco obstinada. Te quise como si las cosas, por una vez, pudieran sostenerse solas.
A veces pienso que entendí más de lo que dijiste.
O menos.
No estoy seguro.
Y ahora que no estás —o que estás de otra forma, más lejana— sigo queriendo igual. No mejor. No distinto. Igual. Como si el amor no aprendiera de lo que pierde, como si repitiera su gesto por pura fidelidad a sí mismo.
Porque no quiero amar con cuidado.
Ni en voz baja.
Ni dejando siempre una salida.
Quiero amar como quien se equivoca a propósito.
Como quien guarda una carta que nunca va a enviar, pero la escribe de todos modos.
Como quien mira dos veces, por si en la segunda aparece algo que en la primera no estaba.
Yo no sé amar poco.
Y tal vez no sea virtud.
Pero es lo único que sé hacer sin corregirme.

27 de marzo de 2026



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