Aceptar sin ruido
Actualizado: 8 abr
No le debo nada a nadie. Al menos eso me repito cuando el silencio se vuelve demasiado pesado para sostenerlo sin palabras. Lo que di y lo que recibí quedó saldado hace tiempo, no con justicia, sino con desgaste. Aprendí que las cuentas nunca se cierran del todo y que siempre hay alguien dispuesto a anotarte en el margen equivocado. Ya no me importa. A esta altura, las deudas ajenas pesan menos que el cansancio propio, y el cansancio, cuando es constante, termina por volverse una forma de verdad.
Miro alrededor y queda poca gente. Los amigos se fueron yendo de a poco, como se van las cosas importantes: sin ruido, sin despedidas ceremoniosas, dejando apenas una ausencia que primero duele y después se vuelve hábito. A los que aún están los imagino partiendo también. No por falta de afecto, sino porque el tiempo distribuye a las personas sin pedir explicaciones. Cada quien sigue su rumbo, como corresponde, como se espera. No hay reproche en eso. La vida no se detiene para comprobar quién se queda atrás.
Hubo compañía, es cierto. Hubo risas, noches largas, conversaciones que parecían suficientes para sostener algo más duradero. Pero el tiempo se encargó de demostrar que incluso lo compartido se erosiona, y que el afecto, cuando se somete a la rutina del mundo, también se desgasta. No hubo traición ni abandono, solo una lenta pérdida de sincronía. Hoy me descubro solo, no por falta de otros, sino por la imposibilidad de seguir sosteniendo lo que ya no se sostiene solo.
He aprendido que la soledad no siempre llega como castigo. A veces es apenas el estado natural al que se regresa cuando se han agotado las palabras y las expectativas. No todo lo que termina fracasa; algunas cosas simplemente cumplen su ciclo y se retiran sin dramatismo, como una luz que se apaga porque ya no hay nadie mirándola.
Elijo el silencio porque ya dije todo lo que sabía decir. No espero respuestas ni explicaciones, tampoco reconciliaciones tardías ni gestos que lleguen fuera de tiempo. Lo vivido fue suficiente, incluso con sus errores, incluso con sus pérdidas. Hay un punto en el que insistir es solo otra forma de cansarse. Prefiero aceptar que hasta aquí llegué con lo que tenía, sin heroicidades, sin nostalgia excesiva.
No sé si hay algo después de este cansancio, y tampoco me importa demasiado averiguarlo. Confío en que el resto, sea lo que sea, sabrá arreglárselas sin mí. Y yo, mientras tanto, aprenderé a no deberle nada ni siquiera a la esperanza.

24 de enero de 2026



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